Nunca esperé que la reserva me llevara a él. Mi hijastro. Parado en la puerta de su hotel, en nada más que gabanchera y lencería, debería haberme alejado. Lo intenté. Pero sabía cuán desesperadamente necesitaba el dinero. Y cuando me hundié de rodillas diciéndome que podía separarme, el sabor de él me arruinó por completo. Me perdí con esa polla, gimiendo como la mujer que soy, no la madrastra que se suponía que era. Casi lo escapé. Abrigo medio, bragas empapadas. Luego arrastró esa polla por mis dobleces peludos y me chasqueé. Lo monté. Montaba a mi hijastro con todo lo que no podía decir en voz alta. Quiso correrse en mi cara. En la cara de su madrastra. Me rié, realmente sorprendido. Quise rechazarlo. En vez de eso, le rogué. Lo ordeñó hasta que entró en erupción entre mis mejillas, mis labios, mi barbilla. Marcado. De su propiedad. Y lamí todas las gotas que pude alcanzar. Nunca completamos la transacción. Hay cosas por las que no puedes cobrar.
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